jueves, agosto 10, 2006

Tierra de confines...
















Laguna de Puruhuay (Ancash, Perú)

A veces creemos que nuestro universo conocido se extiende a todos los ángulos del planeta, pero basta poco para comprobar que no es así, que las realidades son tan variadas como no somos capaces de imaginarlas.

He llegado a Huari, en la provincia de Ancash en los Andes Peruanos. Es una pequeña ciudad donde sus casas en la mayoría son hechas de bareque y muy pocas de "material noble" como llaman por aquí al ladrillo. Viven unas dos mil personas que en pocos días puedes comenzar a reconocer por las calles. Todos te saludan al pasar, sin distinciones, aun cuando te llamen gringuita. Hay altos niveles de pobreza, pero llevada con gran dignidad. No es la pobreza de las grandes ciudades donde el limite entre lo sensato y lo absurdo se transita continuamente.

El agua es un elemento complejo, no es que falte pero no circula fácilmente, se trae y se lleva en tachos, baldes y botellas. Se cargan las mulas se ponen mangueras para que llegue a las casas. El agua caliente es un lujo que no me he podido dar. Los domingos hay mercado en Huari, y los puestos rebozan de frutas y verduras maravillosas, aquí a nadie se le ocurriría que tu no puedes tocar, oler, probar, negociar, regatear... todo esta permitido. Lo importante es comenzar saludando, decir buen día, palabras amenas, suaves y lentas. Nada de estar apurado o pretender que alguien corra. Los tiempos son lentos y el día se dilata.
Pero una vez que uno entra en este ritmo una tranquilidad lo inunda y nuestro agitado universo se detiene. Se vuelve a ver cada individuo por lo que es: un ser único, inconfundible, lleno de una ancestral historia.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Los ojos de aquellos que han aprendido a convivir con el mundo, nos permiten a los montaraces conocer lo que no veiamos.